Esta última semana he estado haciendo el primer módulo de formación en Bioneuroemoción con el Instituto de Enric Corbera en Sant Cugat. Se nos ha dado mucha información sobre el cuerpo humano y cómo los diferentes órganos reaccionan a los conflictos emocionales vivido por nosotros o por nuestros ancestros y a nuestras creencias sobre nosotros mismos y sobre la vida. Todo lo que he aprendido complementa otros estudios que he hecho este año sobre constelaciones familiares.

Después de haber abordado distintos síntomas a través del árbol familiar o los genogramas, me maravilla ver cómo hay un inconsciente familiar que aflora en cada generación y se muestra en fechas que se repiten, patrones de comportamiento, síntomas, estilos de relación…

He aprendido mucho, pero, sobre todo, que la vida es un misterio y que no sé nada de nada. Veo que nos enfermamos, que nos enredamos en sentimientos que nos intoxican, que quedamos detenidos en situaciones que nos perjudican, y seguimos buscando la solución donde no se encuentra, es decir, fuera de nosotros mismos.

 

Empecemos dando un pasito: tan solo darse cuenta de qué necesito, de qué es lo que me sienta bien y mal. Y dar un pasito en esa dirección, y fiarse de las tripas que te dicen por aquí sí, por allí no.
Simplificando mucho, al final son cuatro situaciones básicas que me llevan a enfermarme ya sea física o emocionalmente:
La primera, la desvalorización. Pensar que no valgo, que no soy suficientemente buena, guapa, joven, lo que sea… Y en realidad, somos todos un maravilloso BIGBANG de posibilidades, de grandeza, de belleza infinita. Todos, sin excepción.
La segunda, creer que me tengo que proteger o defender del medio. Y estoy continuamente esperando el golpe para defenderme. Suponiendo que va a llegar, anticipando lo que va a pasar. Y como la mente no distingue entre lo que pienso y lo que realmente pasa, mi cuerpo está en un estrés continuo, preparado para huir o defenderse. Así que respira… Respira y confía.
La tercera, la culpa. Por lo que hice, por lo que dejé de hacer. Y todo pasó como tenía que pasar. Lo hiciste lo mejor que supiste y nada pudo ser de otra manera. No existe el “si hubiera…”. Lo único que existe es este maravilloso instante presente.
Y la cuarta, el resentimiento. Pensar que los otros me desvalorizaron, me atacaron, me culparon… Todo seguirá siendo real hasta que no sueltes, hasta que no te liberes, hasta que no perdones, hasta que te des cuenta de que no hay nada que perdonar.
Como hasta el camino más largo comienza con un paso, empieza esta noche: aquieta tu mente, calma tus pensamientos, respira consciente, estate presente. Solo por esta noche, da el primer paso.
Escrito por María