Cuando me pregunto, una y otra vez, cómo he podido estar tanto tiempo sin escribir, solo el silencio me responde. Antaño pensaba que no escribir sería la muerte. Quizás sea esta la respuesta. La muerte del ánimo es parecida a un desierto seco, en el que, haga calor o frío, te ahogas de pena y de soledad.

Este tiempo ha pasado como una sombra en mi vida, pensando que no tenía nada que decir ni, si lo tuviera, nadie a quien pudiera interesarle. Cierto  que no he prestado demasiada atención a mis pensamientos. No me los creía, aunque no pararan de revolotear por mi mente. Los instantes de atención a la respiración  han sido mis pequeños oasis, momentos de calma que liberaban ligeramente el peso del pecho y la profunda tristeza que no podía evitar sentir. Esta respiración, tan sola esta. Inspiro, espiro. Solo esta vez.

¿Por qué?, me pregunto una y otra vez. Voy atando cabos sueltos, construyendo una historia que me permita comprender dónde comenzó el desatino de perder la alegría, de perderme a mí misma, de «no poder ver nada de mí en mí».

Soy madre del corazón de un precioso niño que llegó a mí cuando tenía dos años y ocho meses. ¿Qué digo? ¿Niño? Ya es mayor de edad pero me cuesta infinito soltar las amarras y es seguro que habré de aprender a hacerlo. Como tantas personas que han sufrido una infancia confusa o traumática, mi pequeño resultó ser harto complicado y por más que me esmeré nunca parecía dar con la receta adecuada para facilitar nuestra convivencia. Nada fue fácil, ni dentro ni fuera de casa. Pasaron los años, los problemas se magnificaron, la ayuda que ansié y solicité a los servicios «sociales» se tornó en sentencia condenatoria. Y así se pavimentó la primera parte del camino que inexorablemente me haría atravesar el desierto. 

La enfermedad con la que convivo desde hace más de veinte años ha contribuido también, sin duda, a acrecentar la obligación de transitar ese vacío helado que ha condenado a mis huesos. Vivir con dolor es viable, pero es ciertamente, difícil de soportar. Al menos así me lo han gritado mis pensamientos tantas veces que duele recordarlo. Sobrevivir con serenidad al dolor y sus secuelas es una heroicidad de tal calibre a la que no aspiro aún. Me conformo con distinguir dolor de sufrimiento y aplicarme el cuento que tan bien me sé. Gracias a la medicina que avanza, ahora puedo decir que el dolor permanece arrinconado en alguna parte de mi casa y vuelvo a caminar.

También conocí intensamente el dolor de la enfermedad, no la mía, sino la que visita a otros, incluso a los seres más queridos. La enfermedad y la muerte. Sí, la muerte, con todas sus letras. Sabía que los niños morían, se lo había oído a mis padres ya que ambos perdieron a hermanos en su infancia. Lo había vivido en Honduras, trabajando con niños muy desnutridos de barrigas hinchadas y pelo color paja. Pero no creo que estuviese preparada para lo que podía suceder en un hospital infantil del siglo XXI en mi país. Con Alejandra aprendí que, aunque la enfermedad sea clara en sus síntomas y sus pronósticos,  pocas  personas  están preparadas para afrontar sus consecuencias mortales con la mente clara y el corazón sereno. Pocas personas están ni siquiera dispuestas a hablar, a mencionar el momento sagrado en el que «el otro» abandona, no solo su cuerpo, sino también a su familia, a su escuela, su dormitorio, su armario con todas sus cosas: la ropa, los zapatos, los cuadernos, los peluches… Tras cuatro años y muchos otros pequeños que tomaron también el camino hacia el cielo estrellado, esa niebla gélida se instaló  bien adentro porque el silencio es peor que la muerte. Con el silencio los matamos, disimulamos nuestro amor por ellos, nuestra pena es absorbida por la rutina, por la ausencia de fotos, de nombres, de menciones especiales.

Ahora puedo contemplar esos pequeños desiertos desde la distancia. La aceptación radical y la compasión amorosa de grandes maestras y maestros de la tradición budista, la atención plena y repleta de ternura a mi vida cotidiana, la vuelta de mi hijo, el retorno a la naturaleza y a mi hogar… son los grandes anclajes con los que ahora cuento para mirar con otros ojos el desierto. No tenía sentido permanecer en él. No había necesidad alguna de elegir el sufrimiento, las dificultades, los abandonos…

Estos son los cabos sueltos que he conseguido amarrar muy fuerte para que la falta de una historia que contar no me pese más que la historia misma.

Mi historia ya no es solo mía. Ahora es como un edredón de patchwork lleno de colores y de recuerdos. Con nombres bordados en preciosos caracteres y repleto de sonrisas. Necesito tener esos nombres presentes. Las sonrisas me pertenecen.

Parece que empieza a llover y el otoño se descarga de lo que duele, de lo que sobra y pesa. Pareciera que el horizonte está lleno de color.