Hace tiempo que no me atrevía a acercarme a este mi refugio seguro. Mi cuerpo, recién estrenado en la década de los 50,  lleva demasiado bien la cuenta de los años vividos y le reclamaba un descanso a mi mente. Escribir conlleva un riesgo, especialmente si quieres hacerlo sin miedo a que te lean.

En este lapso de tiempo he aprendido a conocerme mejor y a aceptar que hay retos que no puedo asumir sin ayuda. He explorado profundas simas en mi alma que no sabía que se podían abrir en mi interior. No me pena haberlas conocido, aunque ahora sé que prefiero caminar por otros parajes internos más luminosos y amables. Pero sí el mapa de ruta incluye estos lugares sombríos, no me resisto. Es tiempo de tránsito. 

Lucho por alcanzar un equilibrio entre el mundo externo y el interno. Para ello debo renunciar a la lectura o visionado de noticias -reales o falsas- o posicionarme firmemente en el lugar del observador. Fuera de estas opciones no hay paz. ¿Cómo podría haberla? Esclavitud del siglo XXI disfrazada de crecimiento económico, polución medioambiental, terrorismo, humanos frente a humanos, infancia desprotegida, guerras, enfermedad… Mis 50 años de vida, medio siglo, no parecen haberme aportado más conocimiento del verdadero, del que ansío para comprender la complejidad de la vida y el sentido de tanto sinsentido.

No me queda otro camino que seguir aplicando las herramientas que conozco y que sé que funcionan en el momento presente, que es el único lugar en el que tengo cierto poder para cambiar mi realidad. Me entrego con pasión a la música y la lectura en mi tiempo libre, aunque intento que todo mi tiempo sea libre aceptando incondicionalmente lo que toca hacer en cada momento. Si hay oportunidad para pasear cerca de un árbol, un río o una montaña la aprovecho. Estoy alerta para buscar ocasiones de estar con amigos y tener conversaciones amables. Hay ocasiones, como no, para el baile. Cuido lo que como, lo que pienso y lo que me muevo. Llevo el mar en mi corazón.

Aún así, mi cuerpo sigue llevando la cuenta y le pasa  factura a mi mente por los dolores vividos.

Saber que no soy un caso único y que hay personas que han superado lo inenarrable me ayuda, sin duda. Acabo de terminar el maravilloso libro de BESSEL VAN DER KOLK titulado así “El cuerpo lleva la cuenta”. En él se aborda los complejos mecanismos por los que los traumas dejan una huella tan profunda en las personas y se ofrecen distintas alternativas para su sanación. A lo largo de sus páginas el autor comparte muchos años de trabajo, de lucha por los niños y adultos que han sufrido un trauma, logros y fracasos, ilusiones y desesperanza. Me he sentido caminando a su lado a lo largo de le lectura, he vibrado con su entusiasmo y sufrido junto a él la indiferencia de los políticos ante su lucha casi titánica por mejorar en algo su parcela de este mundo.

Bessel dice que nuestra cultura nos enseña a centrarnos en nuestra unicidad personal, pero a un nivel más profundo prácticamente no existimos como organismos individuales. Nuestros cerebros están diseñados para ayudarnos a funcionar como miembros de una tribu. Formamos parte de esa tribu cuando leemos lo que otros han escrito, escuchamos la música que otros han compuesto, comemos la comida que otros han producido…  En vez de enseñarnos a ser independientes, deberíamos aprender a ser interdependientes, cultivando relaciones de confianza, ayuda y respeto mutuo.  Es la sintonía profunda con otra persona donde nos liberamos del miedo y la angustia que todos, en algún momento, en mayor o menor medida, hemos experimentado. La conexión con otros es fundamental para tener una vida con sentido.

No creo que viva otros 50 años, así que está claro que lo que me queda por delante es más breve de lo que lo que ya he vivido.  Si puedo mantener mis herramientas a punto sin permitir que el pasado enturbie mi mirada hacia el futuro, creo que sabré manejarme en un mundo incierto que no comprendo. Necesito reflexionar sobre esa interdependencia tan necesaria y evidente y sacudirme la pereza que siento ante la posibilidad de conectar con otras personas desde el corazón. Hay mucha gente maravillosa en este mundo y no quiero perderme ninguna posibilidad de sentirme totalmente viva.

Escrito por María