Siento, luego existo. 

No podemos seguir ignorando el hecho de que, si no tomamos en consideración las emociones de las personas que conforman la biocenosis del aula (todos los seres vivos), no vamos a llegar muy lejos como educadores. La letra nunca entró con sangre. Lo que entraba con sangre era mucha ira y mucha rabia. Se cercenaban de raíz talentos y posibilidades de futuro.

Todas las experiencias se perciben y asimilan desde un estado emocional y, a su vez, una vez vividas, dejan un residuo emocional en nosotros que unas veces es positivo y otras no.

Dicen los neurocientíficos que el cerebro humano tiene un sesgo negativo, es decir, está configurado por su evolución a prestar más atención a aspectos negativos de la vida que a los positivos. Además, una vez vividas, si no realizamos un esfuerzo consciente, las experiencias dolorosas tienden a recordarse más que las placenteras. Y para colmo no se recuerdan tal cual sucedieron, sino que les añadimos detalles aquí y allá a partir de nuestras expectativas y creencias sobre lo que sucedió o debería haber sucedido.

Es importante hablar en el aula. Preguntarnos unos a otros cómo estamos, qué tal fue el fin de semana, cómo hemos empezado el día, si hay algo que nos ronda por el alma y no nos deja concentrarnos. Podemos prestar atención de manera voluntaria a las cosas que nos ayudan, que nos hacen sentir mejor. Si nos sentimos bien, aprendemos más. Todo tiene más sentido para nosotros.

Cuando hay conflictos, aunque parezca que solo hay unas pocas personas implicadas, los desacuerdos y el enfado alcanzan a todos. Lo que para un adulto no reviste mayor importancia, para un joven o un niño o niña puede suponer una gran injusticia. Las peleas dejan un mal sabor de boca en todos. 

El buen humor, la alegría y el compañerismo pueden y deben utilizarse para sustituir los malos ratos y gestionar los residuos emocionales negativos que permanecen después de un enfrentamiento.  Que no quede nada por hablar, ningún sentimiento enterrado que pueda contaminar el aula más adelante, limitando las posibilidades de crecimiento y desarrollo de todos sus miembros.

Es tarea del adulto. Si conoces la tendencia innata de la mente a fijarse en los problemas y no en las soluciones, te resultará más fácil actuar para dirigir la atención a la infinita red de posibilidades que se extienden ante nosotros cada día en el aula.

Escrito por María