Hace unos días leí un artículo de prensa sobre Mary Beard que me impacto por la fuerza y sabiduría que transmitía esa mujer de 60 años, hasta ahora desconocida para mí. Profesora de Cambridge y divulgadora de la vida de la antigua Roma. Esta mujer lleva también años estudiando las diversas formas en la que, a lo largo de la historia, los hombres han intentado acallar la voz de las mujeres. El caso es que, a raíz de algunas de sus apariciones en público, recibió un aluvión de críticas e insultos realmente desagradables que no me atrevería a repetir aquí (si queréis leer el artículo completo, este es el enlace:
http://elpais.com/elpais/2015/10/09/estilo/1444394159_483109.html).
Según se lee en el artículo, las críticas no iban referidas al contenido de sus intervenciones sino a su aspecto físico. Lo que me llamó la atención y me impactó sobre la noticia, fue la reacción de este mujer a los comentarios recibidos, todos de muy mal gusto y tristemente habituales en las redes sociales.
No demandó a los agresores, parece ser que no se sintió ofendida ni aprovechó en su beneficio las salidas de tono de los inconscientes que se atrevieron a opinar sobre su aspecto. Al contrario, eligiendo alguno de los peores tuits, contactó con sus autores, conversó con ellos y fruto de estas entrevistas elaboró una interesante reflexión que nos ha dotado de armas a todos aquellos que tenemos la opción entre sentirnos ofendidos por el insulto o disociarnos absolutamente de él, desde la absoluta certeza de que no tiene nada que ver con nosotros.
El insulto, la palabra hiriente, está en la mente del que lo lanza, no en la persona que lo recibe. Si no lo quieres no lo tomes. Es un entrenamiento no ser reactivos al insulto porque nos han enseñado a ofendernos. Hasta de pequeños nos decían que si “pecábamos” ofendíamos a Dios. No es así. No necesitamos ofendernos. La fuente vierte agua, el volcán lava y las flores perfume y eso continuará ocurriendo independientemente de quién esté presente en ese momento.
Aunque llevo trabajando sobre esto muchos años, me sigue maravillando que aún cargo con una “programacion” que me “escuece” cuando alguien me insulta. Ayer pasé un breve examen cuando una niña de tres años desconocida en una casa a la que acababa de llegar por primera vez me llamó tonta. Le dije que no la entendía y me lo volvió a repetir varias veces. Insistí en que no entendía ese lenguaje, pero dentro de mí sentía una cierta desazón. ¿Por qué se dirigía a mí así? Por si acaso no me había quedado claro me recalcó: “Eres tonta”, y esto solo después de haberlo preguntado su nombre.
En fin, respiré hondo y me acordé de Mary Beard y de Irene Villa y de tantas y tantas que supieron que el problema del insulto es del que lo lanza, no del que lo recibe. Fue una pequeña prueba que una vez más me hace mirar a mi interior, que es el único lugar donde puedo alcanzar la paz.
Escrito por María