El mindfulness es la traducción occidental de la palabra en idioma pali “sati” y podríamos traducirlo por atención plena sin juicio ante lo que acontece.

Después de años de practicar con diversas técnicas de relajación, visualización, control mental, etc., el mindfulness me está ayudando a estar presente en el momento que estoy viviendo, atenta solo a la información que es relevante para ese instante. Para mí es muy importante la práctica formal, es decir, parar y sentarme a meditar, ya sea atendiendo a la respiración o profundizando más en el silencio del espacio mental. Pero mi experiencia con la práctica informal- la que me acompaña en cada minuto del día, en mis actividades cotidianas sola o en contacto con otras personas- es la práctica que está aportando mayores beneficios a mi vida. 

Esta la Naturaleza se aúnan ambas prácticas. He conducido hasta Acín de la Garcipollera donde he dejado el coche. Atenta a las curvas, a los baches, a los ciclistas y caminantes. Después han sido 35 minutos de caminata cuesta arriba. Ya calentaba el sol bastante y no había muchas sombras. Aceptación radical: he salido tarde, así que el sol me ha alcanzado con toda su fuerza. 

La llegada a la ermita ha aligerado mis pies. Las piedras del río me han ayudado a cruzarlo y las sombras alrededor de la ermita han aliviado algo el calor que sentía. Estaba totalmente presente en el lugar y consciente de mis pensamientos. Ayer escuché un audio de Sesha en el que hablaba de cómo los pensamientos nos secuestran emocionalmente, congelándonos en tiempos y espacios ajenos al momento presente. Cuando camino en la montaña a menudo se me vienen viejas historias que parece quisieran ser aireadas. Hoy, cada vez que aparecía alguna antigua inquietud que pretendía robarme la paz del momento me repetía para mí: intento de secuestro emocional. Y al tomar consciencia, el pensamiento simplemente se disolvía.

Ermita de Iguacel

Me he tumbado junto a la ermita, cerca de la fuente, entre sol y sombra. Estaba sola, escuchando el canto de los pájaros, gozando de un maravilloso cielo azul, de la suavidad de la hierba, sintiendo la solidez de la piedra. No puedes evitar admirar la impresionante construcción: ¿cómo hicieron en el siglo XII para levantar semejante ermita en un lugar tan remoto? 

Antes de que llegaran más excursionistas he dejado todo a un lado, mochila, calor, pensamientos y me he entregado a fondo a meditar sobre la tierra que sostiene esta iglesia y las montañas que la rodean. La tierra que me sostiene a mí y todos los seres que la habitan. Me he imaginado como una estatua de barro que se iba deshaciendo poco a poco para integrarse en el todo, acogiendo la vida en su interior, sosteniendo construcciones, personas, bosques y ríos. He sentido que la fuerza de la tierra se despertaba en mí. Con humilde aceptación de todo lo que acontece, pero con una solidez inquebrantable.

Luego han llegado más personas. Es un sitio muy admirado en estos valles, así que después de escuchar un rato sus conversaciones, he preferido seguir mi ruta.

Desandando el camino y cruzándome con más gente que subía (y eso que el sol ya no mostraba ni la menor clemencia) he disfrutada de la cuesta abajo. Al llegar al barranco, he tomado una senda casi oculta hacia la izquierda que va al pueblo abandonado de Larrosa. 

Es un paseo muy agradable, sobre suelo mullido (venía de un camino pedregoso, así que mis pies lo han agradecido) Es una senda corta, apenas 20 ó 25 minutos entre pinos, cruzando un par de barrancos por donde baja el agua limpia y fresca en estas fechas. Siempre me emociono cuando aparecen los primeros muros de piedra cubierta de musgo que indican que llegas al pueblo. El musgo parecía sediento, quién diría que estamos en abril. Entre verde y marrón, he recordado su tono verde luminoso en otoño, cuando las lluvias lo vuelven blandito y dan ganas de revolcarse en él a pesar de la humedad.  

Larrosa es un pueblo abandonado. Se expropió en los años 60. Un día llegó un emisario del gobierno al pueblo y le anunció a sus más de 100 habitantes que tenían que marcharse. Respiro hondo para evitar impregnarme de un dolor que no es mío. Demasiada empatía hace daño y son viejos dolores que cicatrizaron hace tiempo en almas de otros prójimos. Seguramente muchos de ellos marcharon contentos a Jaca o a otros pueblos porque la vida en una pequeña aldea no es tan fácil ni tan apetecible para muchos. Entonces evito fantasear sobre lo que sintieron sus habitantes porque, sinceramente, no lo sé. Hace años atendí a una mujer cuya familia sufrió la misma suerte en un pueblo de este valle y con la expropiación llegó una vivienda en Jaca. Me contó su infancia en el pueblo (Acín) con alegría y aceptación por todo lo que le tocó vivir. Aún a estas tierras apartadas y mal comunicadas llegaban las maestras. Grandes heroínas olvidadas. 

 

Pueblo de Larrosa. Iglesia románica de San Bartolomé, siglo XI

 

A la entrada del pueblo me he sentado en un espacio circular entre árboles. He contemplado lo que queda de las casas y de la iglesia durante unos instantes, consciente de cuántas “ruinas” albergan nuestros paisajes emocionales: proyectos que nunca vieron la luz, promesas rotas, relaciones que se construyeron durante años para luego terminar dejando complejas redes de recuerdos… ¡Si simplemente pudiéramos contemplarlas en paz, sin atisbo de remordimiento, con total aceptación y agradecimiento por el papel que juegan en nuestras vidas!

Si bien no había otra alma humana junto a mí en ese instante, no puedo decir que me haya sentido sola o inquieta ni por un segundo. Sentada en ese círculo de compartir, he estado totalmente acompañada por toda la Naturaleza viva que me rodeaba. Según pasaban los minutos y mi mente se aquietaba más y más, he  todo mi ser se ha vaciado de cansancio y he pasado a formar parte del paisaje, no diferenciada del resto.  Me ha costado irme de ese lugar, tal era la energía que he sentido me llenaba de una paz y una armonía indescriptible. 

Resultado de imagen de larrosa jaca

Iglesia de San Bartolomé

No soy la primera persona que siente que este lugar la atrapa por su energía y silencio. 

Agradecida por el rato compartido, he tomado el camino de vuelta a casa. Atenta a cada paso, a cada sonido, fluyendo llena de vida al caminar.

Si quieres experimentar MINDFULNESS Y NATURALEZA, ponte en contacto conmigo.

si@conscienciaenmovimiento.es

Escrito por María