Importa cómo te lo cuentas, cómo te cuentas lo que te pasa o lo que le pasa a los demás. Puedes, si quieres,  hacer de tu vida un relato que inspire alegría, serenidad y aceptación. Tienes la libertad de agrandar los problemas o ver el lado divertido en todo lo que haces. Aferrarte a los recuerdos dolorosos o permitir que se extinga su lado oscuro.

Somos las historias que nos contamos. Puedo ser “Nadie me quiere ni se preocupa por mí” o “Todos lo hacemos lo mejor que podemos y yo voy a apostar por agradecer todo lo bueno que hay en la vida”

Si me cuento que soy un cuerpo y el cuerpo no es el que yo quisiera, sufro. Suelta el cuerpo. Tú eres algo infinitamente más ilimitado e intangible que tu cuerpo. Tú no eres tu cuerpo. No te cuentes ese cuento.

Si me cuento que soy de esta familia y esta familia no es la que yo creo necesitar, sufro. Si me cuento que sin ellos no puedo vivir y que si algo les sucede mi vida se acaba, entonces verdaderamente mi vida se acaba. Por lo tanto, honra, respeta, agradece tu familia, pero no permitas que te limite. Tú eres algo infinitamente más ilimitado e intangible, tú no eres tu familia.

Que tu historia sea una de expansión e inclusión. No quieras limitarte a ser de tu país, de tu equipo, de tu raza, de tu religión, de tu edad…

Cuéntate un cuento que te dé paz y que te haga libre. Deja de exigir que la vida sea como tú la planeaste. La vida es como es, y tú esencia está más allá de todas las historias de terror que te han contando y que sigues recordando.

Es maravilloso poder ver distintas perspectivas, escuchar diferentes relatos. Cada persona se cuenta una historia. Entender y aceptar esto es transitar un camino de profunda liberación.

Siempre tienes la opción de cambiar de vida, de cambiar de historia. Eres libre para cerrar capítulos, para reinventar finales, para cambiar el argumento de la historia.

Tú relatas, tú decides.

Escrito por María