Una persona muy cercana a mí dijo esta frase una vez en un día en el que el sol se hartaba de brillar y apetecía salir de casa para disfrutarlo. Mi comentario fue: Hace un día estupendo, ¿verdad? Y ella me respondió: Sí, pero ayer llovió. 

¿Cómo puede ser, pensé, que brillando el sol se acuerde del temporal de ayer y lo viva de tal manera que le impida disfrutar del día de hoy?

Este ejemplo os parecerá muy obvio, pero lo cierto es que lo hacemos continuamente. Hoy el niño es amable y ordenado, pero le recordamos lo mal que se portó ayer y además lo proyectamos en mañana. El adolescente escucha y trabaja en clase, e insistimos en remarcarle su mal comportamiento anterior (malo y bueno según “san quién”). Nos saludan por la calle y nos acordamos de que hace una semana no lo hicieron. Alguien nos dio la lata ayer y hoy no apreciamos que está de otro humor y en otra actitud. Y si nosotros mismos acertamos y realizamos con éxito aquello que habíamos emprendido (cualquier cosa, desde un pastel pasando por un dibujo hasta una oposición), aún nos decimos que ha sido pura suerte, que no nos merecemos tal resultado, y bla, bla, bla…

El virus mental del ayer y el mañana ataca con fuerza y te impide vivir la VIDA, te impide ser VIDA y le arrebata a otros el derecho a ser felices. Los adultos tenemos más capacidad de maniobra, pero los niños y los jóvenes no necesitan todos los día un “si te portas bien mañana…” ni “mira lo que hiciste ayer, así que hoy…” Necesitan que les apreciemos en su aquí y ahora. Todos lo necesitamos, pero ellos aprenden de nosotros.

Por eso, reformatea tu disco duro y borra todo el pasado que te estorbe. Mírate a ti mismo y a los demás con ojos nuevos cada día. Cada día es un renacer. ¡Qué más da si ayer me equivoqué! Los errores son fabulosas pistas para reencontrar el camino que, insisto, es un camino ancho y lleno de curvas, divertido y fácil. Somos nosotros quienes lo hacemos estrecho, pedregoso. Lo convertimos en un lodazal. 

Hoy atento a lo de hoy. Atento a cada minuto, a las sensaciones de tu cuerpo, a tu postura, a tu sonrisa, a tus brazos y piernas relajados. Respira, relaja los párpados y échate unas risas. Y disfruta.

Escrito por María