La semana pasada mi amiga y escritora Rashani Rea compartió en facebook una publicación acerca de la muerte de un conocido referente espiritual en Canadá, Michael Stone. Maestro de yoga y budismo y padre de familia, dio numerosos talleres, retiros y cursos. Se le describía como una persona apasionante, capaz de convertir la sabiduría tradicional en herramientas contemporáneas, poniéndolas a disposición de muchas personas. Era el pilar de una comunidad de practicantes de yoga y meditación. Un ser muy amado por su carisma.

Michael tuvo que vivir con un trastorno bipolar toda su vida, que se manifestaba de maneras visibles e invisibles, como cuenta su mujer en una declaración oficial a raíz de su muerte. Percibía el mundo con una gran sensibilidad, a través de la música, el arte y la literatura. Su manera de cuidar de su salud mental fue a través de su práctica espiritual. Respetaba un estilo de vida saludable, respecto a su mundo físico y mental. Pero cuando la situación empeoró, además de abrirse a amigos y familia, acudió a la medicina psiquiátrica en busca de ayuda.

Dado todo el trabajo personal que estaba realizando, tanto él como las personas que lo miraban esperaban que fuese capaz de ejercer más control sobre sus estados mentales. Pero esto no fue así. Esta historia me ha conmovido profundamente y tiene algo que decirme a nivel personal.

Quiero aprender de ti, Michael, de lo que dejaste de hacer y te condujo a la muerte, en plana flor de la vida compartida con tu mujer y tus hijos, y otro que estaba en camino.

Los maestros espirituales no tienen que ser perfectos y la espiritualidad no lo cura todo. En mi práctica de meditación y mindfulness he aprendido que si te toca un vida dura, todas estas herramientas no te ayudan a ser más feliz, sino a ser menos infeliz. Y una enfermedad en la canasta del nacimiento no es un regalo, es un reto constante, doy fe de ello.

Te debatiste entre contar o no contar lo que te pasaba, mientras por dentro tu dolor se hacía insoportable y no encontrabas la manera de compartirlo ni de encontrar ayuda.

Mi reflexión me lleva a tomar decisiones respecto a mi vida, mis escritos y mis enseñanzas. Cierto que doy cursos, pero no soy perfecta. Cierto que practico la meditación y la compasión amorosa, pero sigo sin llevarme bien con todo el mundo y tengo dolores provocados por mi condición física. Cierto que sé muchas técnicas de gestión emocional y tengo recursos para poner fin a la guerra, pero mi poder personal está limitado por mis creencias, por mis miedos, por mi necesidad de amor y por mi soledad.

Lo que me habrá de salvar es que he decidido aprender de ti, sin conocerte, sin saber quién eras. He decidido evolucionar a partir de tu experiencia y aceptar incondicionalmente que yo también necesito ayuda. En el pasado busque en los maestros el estado de pureza interior que yo deseaba alcanzar, y tal como los subía de un pedestal los bajaba cuando me decepcionaban. Pero hace muchos años que un gran maestro, Tony de Mello, me enseñó que la decepción solo es posible porque tú te haces una imagen de la otra persona que no se ajusta a su realidad. Te decepcionas de tu propia idea, de tus propias fantasías que diseñaste sin consultar al otro.

Seguramente Michael Stone olvidó que la mayor práctica espiritual es acatar nuestra humanidad compartida y reconocer que somos una especie en evolución. Igual le hubiera dado alas a otras muchas personas que, como él, sufrían un trastorno de salud para echar a volar por sus propios medios.

No tenemos que ser perfectos. Todo lo que sé me ayuda a llevar mi vida mejor, pero no me va a librar de mis problemas. Conseguiré no agrandarlos, eso sí, y disfrutar de los cientos de placeres que se me ponen al alcance cada día.

La verdadera práctica espiritual es la que te ayuda a amar el dolor que atraviesas para trascenderlo.  Con infinita compasión y ternura hacia ti mismo. Y no hay más.

Escrito por María